The Atrium at Sumner Houses: arquitectura social entre luces y sombras
The Atrium at Sumner Houses se materializa en Brooklyn (Nueva York) con una noble misión: ofrecer 190 viviendas repartidas en 11 pisos para personas mayores. Ahí se incluyen 132 apartamentos asequibles, y 57 para quienes han estado sin techo.
Es un proyecto de impacto social claro… envuelto, eso sí, en el inconfundible vocabulario geométrico de Daniel Libeskind. Y aquí es donde empieza el conflicto. Porque en vez de irse a lo práctico (un bloque racional), él prefiere un volumen que parece haber sido deformado por King Kong. Un gesto muy Libeskind, sí, pero no necesariamente amable con quienes luego deben vivir dentro.

El sello Libeskind en estado puro: diagonales brillantes, espacios torcidos
Aquí no encontrarás el esquema clásico de “un hueco para cada ventana”. Libeskind lo sustituye por su conocida fórmula de hueco para múltiples ventanas, interrumpida por diagonales que rompen cualquier matriz regular. Es por eso que las fachadas son un festival trapezoidal, y los planos inclinados se multiplican como si la gravedad fuera un rumor. Todo esto funciona de maravilla en un museo, donde el visitante entra, mira y se va. O en un edificio con espacios inmensos. Pero en un apartamento las diagonales tienen consecuencias: cocinas con artefactos volumétricos, rincones que no sirven para nada, salientes extraños en el patio interior… Basta ver algunas fotos para entender que la frivolidad geométrica ha ganado la batalla, y el usuario ha quedado un poco arrinconado.
Además, este edificio recuerda demasiado a otro que Libeskind ya firmó en Berlín. Los arquitectos famosos deberían contenerse un poco, porque no todo proyecto necesita su sello a martillazos. No vale cualquier recurso formal para cualquier edificio, y aquí hay un excelente ejemplo de ello.

La vida dentro del volumen plegado: virtudes, fricciones y rarezas espaciales
En el centro del edificio aparece un patio interior rematado por un lucernario que, por suerte, suaviza muchas aristas del conjunto. Aporta luz, aire y cierta dignidad espacial. Pero no esperes un jardín memorable abajo. Mejor salir fuera, donde el campus recibió nuevos senderos, bancos y bioswales para lidiar con tormentas extremas.
Las viviendas son principalmente estudios y apartamentos de un dormitorio, que siguen la filosofía Age-in-Place. Esto significa “diseñar para que una persona pueda envejecer en su propia casa”, sin mudanzas forzosas, con espacios seguros, accesibles, y adaptables. Aquí eso se traduce en que el 100% de las unidades puede adaptarse. Hay 19 viviendas accesibles para personas con movilidad reducida, y 4 adaptadas para discapacidad visual o auditiva. Detalles como pasamanos, corredores generosos, y escaleras con ventanas fomentan el movimiento en lugar de la dependencia absoluta del ascensor. En esto, hay que reconocerlo: el edificio está bien pensado.
La azotea es un punto y aparte. Si este edificio se hubiera construido en España, sería un pequeño paraíso para tender, tomar el aire, lo que se terciara. Pero en este caso el edificio se ha estrechado tanto por arriba, que solo queda espacio para los compresores del aire acondicionado, alineados como marines. Así que olvídate de tender la ropa aquí arriba. Y aunque los apartamentos vienen equipados con electrodomésticos, manda la tradición americana: ”lleva la colada a la lavandería del edificio”. En Atrium at Sumner hay dos (2º y 9º piso), con secadoras gigantes que te dejan la ropa seca en veinte minutos, y la conciencia ligeramente chamuscada.

Servicios, sostenibilidad… y geometrías que disparan la huella de carbono
El equipamiento del edificio es generoso. Cuenta con vestíbulo atendido 24 horas, banda ancha gratuita en espacios comunes, gimnasio, biblioteca con ordenadores, sala comunitaria, y almacenamiento de bicicletas. Hay aparatos de aire acondicionado instalados, y una vivienda para el superintendente, encargado de mantener la maquinaria social funcionando. Nada que reprochar, se nota que aquí hay planificación.
La sostenibilidad, en cambio, es otro cantar. El edificio presume de estándares Passive House, reducción energética del 60–70%, enveloping de alto rendimiento y sistemas de climatización y ventilación con recuperación energética. Todo eso hace que se reduzca el consumo y mejore el confort. Hasta aquí, perfecto, pero la geometría libeskind juega en contra. Los pliegues complican la estructura, exigen más material, y disparan la huella de carbono. Basta fijarse en las ventanas trapezoidales: cuestan más, consumen más energía al fabricarlas, y complican cualquier mantenimiento. Y en este proyecto hay decenas siguiendo esa misma lógica. Y sí, secar los calzoncillos con máquinas industriales, tampoco es muy ecológico.
Así queda la contradicción final: un edificio que quiere ser sostenible, pero se retuerce tanto para exhibir la firma del autor que se sabotea a sí mismo.
Imágenes del proyecto de Atrium at Sumner de la web del arquitecto Daniel Libeskind. Fotos de Hufton & Crow Photography.













